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Los desafíos de los medios

Marco Levario Turcott

Cuando recibí la invitación para participar en esta mesa acepté de inmediato porque entiendo bien que al referirnos a buena parte de los desafíos que tienen los medios de comunicación, vale la pena que estos se traduzcan en demandas reivindicativas.

Así por ejemplo, pensé en hablar del entorno de violencia mexicano que hace del periodismo una profesión en riesgo o creí oportuno exponer, una vez más, las razones por las que vale la pena suscribir el Acuerdo para la cobertura informativa de la violencia. Pero ya lo he hecho en innumerables ocasiones y no quise ser reiterativo.

Luego pensé en que podría documentar los mecanismos de coacción que, a través de los recursos de la publicidad, se ejercen desde distintos ámbitos oficiales. Esa línea de trabajo promete, pues la asignación de recursos de públicidad es una razón de Estado. Sin embargo, también sobre ese tema hemos sido exhaustivos en la revista que yo dirijo.

En cierto universo de ideas, también podríamos referirnos a la resistencia que, en esa órbita oficial, y en particular desde el gobierno federal, se ha manifestado respecto de la transparencia en la gestión pública. Y en esa riel retrataríamos algunos casos emblemáticos de esas resistencias que van no sólo en desdoro del trabajo periodístico sino del derecho a saber de la sociedad. Sin ermbargo, estamos seguros de que ese reto rebasa al ámbito de los medios de comunicación.

Otra vertiente de trabajo podría aludir al reto de la pluralidad en la radiodifusión, en especial, en la oferta televisiva de orden privado que recibimos actualmente, para demandar la existencia de una tercera o cuarta opción, las que técnicamente sean posibles. Y en esa esfera de la radiodifusión podríamos elegir la necesidad de que en el país existan verdaderos medios públicos lo mismo en el ordenamiento legal que ahora no los contempla como tales, que en la necesidad de que no sean instancias propaladoras sólo de las políticas oficiales. Pero a eso dedicamos el editorial de la presente edición de etcétera y, en relación con los medios públicos sólo estaríamos hablando de una parte de la oferta que recibimos día con día.

También podría elegir abordar la dimensión de las telecomunicaciones para decir que, el desarrollo de la tecnología, implica oportunidades insospechadas que serían impedidas de mantenerse el monopolio en las telefonías fija y móvil. El punto cúspide de esto sería, sin duda, que el llamado total play seacampo propicio para todos los agentes del mercado que quieran intervenir y que cumplan con los ordenamientos legales, lo queahorase mira como un horizonte imposible si México continúa siendo sólo territorio Telcel. Descarté el asunto ya que ese es el planteamiento básico que etcétera hace en la edición de mayo.

Un punto de análísis más sería señalar que entre los retos del sistema de comunicación que existe en nuestro país se halla el reconocimiento legal de las radios comunitarias tanto en la Constitiución como en la ley específica que regula el ramo (por cierto, me atrevo a decir que con todo y la posibilidad de que las comunitarias obtengan recursos a través de la publicidad oficial). Y en ese campo temático podrían documentarse los varios intentos gubernamentales por suprimir esa alternativa de comunicación e incluso detallar en que, en septiembre del año pasado, desde la Secretaría Ejecutiva del IFE se les quiso sancionar por 40 mil pesos, me refiero a Radio Calenda, porque ésta incumplió con la pauta de la autoridad electoral dada su precaria situación tanto en equipo como en personal. Advierto que tal sanción era contraría a la ley además de que implicaba la desaparición de Radio Calenda y el riesgo de que sucediera lo mismo con las otras 14 estaciones que operan bajo el régimen de permiso. La historia, dicho sea de paso, tiene final feliz, en virtud de que los consejeros electorales rechazaron ese despropósito e incluso, a partir de la iniciativa de Marco Antonio Baños, están por integrar a las radios comunitarias en el reglamento de Radio y Televisión para que sean consideradas las características de operación de estas emisoras y, en ese formato, claro está, cumplan con la ley. No detallo más al respecto porque en los últimos seis meses se halla en etcétera el recuento pormenorizado de todo esto.

Más tarde pensé en que si no quisiera meterme en polémica, un recurso sería abordar un aspecto central y muy actual, ahí se encuentran los asuntos relacionados con Internet, en específico la Web 2.0, o sea, el empleo de las redes sociales como instrumento para el ejercicio informativo que, además, le implican todo un desafío a las formas que hay de hacer periodismo en México y el mundo.

Coincido con todos estos aspectos que he dicho pero descarté pormenorizar en alguno de ellos a pesar de su caracter reivindicativo. Es decir, son temas que forman parte del entorno y que modulan el funcionamiento de los medios e incluso la estructura en la que se soporta la comunicación en México. Pero no aluden específicamente a los contenidos, es decir, a la sustancia, del trabajo informativo y creo que un reto central es revisar la óptica ética y la ruta profesional que priva en los medios. Como la libertad, según creo, no se festeja sino que se ejerce, vale la pena evaluar lo que hacemos los medios y cómo lo hacemos. Pormenorizar al respecto escapa al tiempo y a mis intenciones, pero estoy seguro de que una pregunta muy importante es acerca de si los medios contribuimos o no a un debate de altura dentro de eso que hemos dado en llamar como la opinión pública y, sin dejar de tomar en cuenta que hay excepciones, creo que la respuesta es no. No hay calidad en el debate en las columnas de chismes que aseguran que con sólo mirar la cara a los precandidatos del PRI al gobierno del Estado de México se puede saber quién es el candidato y eso pasó, creánme, en un espacio que incluso aseguró que el candidato sería Alfredo del Mazo. No hay calidad en el análisis y las noticias cuando los medios le dan una enorme cobertura al operativo del gobierno federal que llevó a la cárcel a varios funcionarios del gobierno de Michoacán y, luego, esos mismos medios, no dan el mismo despliegue para denunciar que ese operativo fue ilegal y motivado por pretensiones electorales. No hay calidad en la información o en las posturas editoriales cuando hay medios que exigen al gobierno el cese de la violencia y nada se dice del poder fáctico que significa el narcotráfico en México. No la hay cuando los medios se convierten en difusores del mensaje de los delincuentes. No la hay cuando priva el sensacionalismo y el amarillismo, el chisme o el trascendido de supuestas grandes revelaciones que sólo definen escándalos de ocasión. No la hay cuando el profesional de la información se sustenta en una manta calumniosa para inquirir respuestas oficiales. No la hay, en otro orden de temas, cuando los medios no tienen a cronistas parlamentarios pero eso sí, cuentan con fotógrafos a la casa de cualquier descuido de un legislador, incluído, literalmente, un pestañeo. En  suma, creo que el principal reto tiene que ver con el funcionamiento de los medios e implica revisarnos a nosotros mismos y ser autocríticos. Este desafío implica decirle a la sociedad cuáles son nuestros compromisos y nuestras obligaciones.

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