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Requimen a la nada

21 de octubre – Reforma

Por: Purificación Carpinteyro

Que no se rompan las vestiduras: no es tragedia que Televisa haya optado por cancelar su alianza con Nextel. No lo es para los involucrados ni lo es para el país, por más que algunos analistas del sector pretendan hacernos creer lo contrario.

Es ridículo pensar que la televisora optó por dar marcha atrás a su decisión por la incertidumbre jurídica y regulatoria: es en ese ambiente que florece, y es por las resoluciones favorables que las autoridades siempre le han concedido, por las que Televisa ha consolidado su dominio absoluto en la televisión abierta y de paga en el mercado mexicano, y por el que ahora se expande fuera del país.

Son las concesiones recibidas por décadas, muy especialmente a partir de 1997, las que sentaron las bases para la actual bonanza del grupo televisivo, sin pretender menoscabar el mérito de sus administradores en sacar provecho de esos privilegios. Prebendas que incluyeron beneficios fiscales -desde quitas y reestructuraciones de adeudos, hasta la eliminación de impuestos, como el del 12.5 por ciento de tiempos de transmisión del Estado-; la prórroga gratuita de las concesiones de televisión abierta hasta el 2021; nuevos canales de televisión digital adicionales; el derecho a competir contra Telmex prestando servicios de telefonía e Internet por cable en tanto que hasta la fecha se impide a Telmex competir con ellos en televisión de paga; un traje a la medida para que pudieran competir contra Telcel en comunicaciones móviles -y que si fue desechado no es porque no se les ofreciera como en bandeja de plata-, y el blindaje de su más importante coto de caza: la televisión.

Pero tal vez fue ése el bastión que vieron en riesgo. Es posible que la crítica al gobierno haya generado la necesidad de hacer público el debate en relación a la licitación de nuevos canales de televisión abierta que compitieran con las actuales televisoras. Es hasta entendible que la comisión federal de competencia y la de telecomunicaciones, evaluaran la necesidad de tomar en serio la responsabilidad de eliminar las barreras a la competencia, no sólo en telecomunicaciones, sino también la televisión en cualquiera de sus modalidades: abierta y de paga.

No es absurdo que los reguladores se percataran que la famosa interconexión, de la que dependen los competidores de Telmex, no es la única barrera a la competencia. Que existen otros temas trascendentes que resolver, como la obligación de las cableras de ofrecer a sus suscriptores la opción de asistir la programación de sus competidores -como por ejemplo, las señales de MVS que en 2008 dejaron de ser transmitidas por las subsidiarias de Televisa: Sky, en febrero; Cablevisión en junio; y, Cablemás en diciembre- situación que muchos de los clientes de sus servicios lamentamos, ya que nos vemos privados de la posibilidad de ver a Carmen Aristegui en su noticiero de las mañanas, y otros no menos importantes y reconocidos informadores.

Pero quienes desean tener opciones informativas deben contentarse con las que transmiten las cableras o SKY, que se circunscriben a la programación de TV Azteca, Televisa y su ahijado Milenio, o acotarse a las que ofrece MVS, que tampoco transmite la programación de Televisa o Azteca, para no verse obligado a comprar y pagar por un paquete de 14 canales de Televisa, de los que si acaso uno interesa a sus clientes. Recuerda el caso de la Ericsson y La Mexicana -las telefónicas que a mediados del siglo pasado operaban en México y entre las que la población tenía que optar, ya que los clientes de Ericsson sólo podían comunicarse con otros clientes Ericsson; y los de La Mexicana igual.

La defensa de la competencia en las telecomunicaciones, ineludiblemente incluye la de la televisión. Si la controvertida licitación de frecuencias en algo benefició al país, fue exhibiendo la postura parcial de las agencias reguladoras que con sus acciones y omisiones tanto han favorecido a las televisoras. Ése es un elevado costo con el que Televisa no quiso lidiar, y tal vez a ello se refieran aquellos que alegan que la concesión había sido dejada en “un punto de fragilidad tal, que se convertía en una amenaza para la libertad de expresión y decisión de Televisa”.

Para Televisa, su participación en una concesión de comunicaciones móviles a cambio de su virtual monopolio de la televisión es un quid pro quo inaceptable -preferible invertir en Univisión que le permite aumentar su control sobre programación en español-. Para Nextel, pues no necesitan vejigas para nadar; y para México, se ha abierto un debate que apenas comienza.

 

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